Esta canción de Amaral me acompañó durante unos meses de mi vida en que deseaba huir de donde vivía desesperadamente. Me la ponía a tope, porque sentía que era la única que me entendía en este lado del mundo. Lo recuerdo perfectamente, encerrada en una habitación diseñando mentalmente una vida mejor…

Las sensaciones que me indicaban que algo no iba bien eran físicas y horribles. Neblina en la mirada, picor en la piel, nerviosismo, sobresaltos ante cualquier ruido, temblor de manos… a veces me pregunto como pude si quiera vivir así durante años, especialmente ahora, que lo veo en otros y se me parte el corazón cuando me lo cuentan.

Y salí corriendo, de la casa, del país, de mi calle, de mis vecinos. Y la sensación me seguía. Llegué a una casa nueva, trabajo nuevo, entorno nuevo, y la sensación me acompañaba donde quiera que yo estuviese. Cambié mi trabajo, mi pelo, mi número de teléfono… y aquello me seguía.

Empecé a tomar pastillas para apagar mi mente de aquella basura interior y, a veces, sentía que aquello se había acabado fruto de las pastillas del demonio, pero cuando el efecto se pasaba…. la sensación terrible me seguía esperando donde la hubiera dejado.

Era como ver fantasmas. Literalmente como el que ve seres no encarnados entre nosotros. Yo sentía amenazas en todas partes. Generalmente disimulaba cuando estaba con otros aunque por dentro de mi estuvieran corriendo ríos de tinta china. Y tan bien disimulaba aquello que nadie o casi nadie supo nunca que a mi la vida me parecía un castigo.

Qué pena. Qué tiempo tan malgastado. Un tiempo que no recuperaré jamás y que me hizo perder muchas cosas, y sobre todo personas en mi vida… PERO aunque suene como el cu**, escribo este apartado porque ahora, años más tarde empiezo ligeramente a agradecer mi experiencia vital. La que me hizo sentirme siempre tan poco querida. Porque era eso, el amor que adolecía lo que me estaba partiendo el alma en pedazos y haciendo que me equivocara continuamente pues no había ningún sitio del que salir corriendo que no fuera de mí misma…

Lo que ocurrió dentro de mí es que les creí. A todos los que tallaron sus iniciales en mi alma. A todos los que a mi alrededor se empeñaron en oscurecerme durante tantos años. Les creí y lo que me pasaba es que por dentro entendía que yo no era merecedora del amor de nadie y que no tenía derecho alguno a elegir mi vida cada día, que era su esclava, aunque no les tuviera cerca, siempre resonando como un eco en mi interior diciéndome: traidora, malvada, tú nunca serás libre, tú eres mala, artistilla, nos debes tu vida… y un sinfín de improperios que llevo tatuados en la espina dorsal de mi espíritu.

Y un día vino el clic. Vino el momento de entender que vida, reencarnaciones a parte, solo tenemos esta. Que la estaba de verdad desperdiciando y agotándome a mí misma creyendo los inputs de personas que, supuestamente, tenían que haberme querido. Y no eran verdad. Nunca fueron verdad. Yo nunca fui mala, jamás.

Fue un revulsivo, invito a todo el mundo a, por ello, tocar fondo, porque fue en el fondo donde yo me dije a mi misma: Susana… MERECES AMOR. Aunque quizá no me lo dije mentalmente, tengo que reconocerlo. Quizá me lo dijo un ángel que andaba por casualidad por mi alrededor.

Desde entonces vengo intentando comprender la vida. Comprender que el centro de ella es el amor a uno mismo. Que nada ni nadie puede quitártelo. Que no les creas, están pagando su dolor contigo, pero no es verdad ni lo ha sido nunca lo que sale de sus bocas. Que caer en el pozo es hasta bueno, porque hoy en día no se que hubiera sido de mi vida si no llego a caer tan en picado.Y que esta versión actual de mi misma es la que más me gusta desde que he nacido gracias a que me pulí como un diamante y me di el amor que jamás había recibido. Y que nada ni nadie puede quitártelo. Eso es solo una ilusión de mierda.

No salgas corriendo de ningún lado porque está dentro lo que necesitas comprender. Que si vas a huir, por favor, huye de tí amigo, amiga… HUYE SOLO DE TI.