He visto de todo en la vida. Mucho tiempo pensé que por desgracia pero desde hace unos años pensando que por suerte.
Es increíble como puede cambiar tu visión de las cosas por el mero hecho de que pasa el maldito tiempo y te va poniendo en tu lugar. Sin embargo, todavía permanecen dentro de mi cosas que no se han curado.
Hace 8 años comencé un trabajo de transformación. Un trabajo sobre mi misma que me llevara poco a poco a no quejarme tanto de estar aquí. De vivir. Vivir me molestaba, nada me terminaba de satisfacer jamás y me sentía que este no era mi planeta. Que me había caído aquí por accidente.
Lo pasé fatal, y para demostrarlo la vida se cumplió tal y como yo la pensaba. He recibido muy poco amor esa es la verdad y ello me llevaba continuamente a vivir en la rabia y la tristeza. Sin embargo, un día todo se empezó a enderezar. Me comprometí conmigo misma como si yo fuera mi mejor proyecto porque no era justo para nadie que a mi me pareciera tan mal vivir. Me entrené como nunca he hecho con ninguna disciplina. Me entrené en la mente, el cuerpo y la existencia para intentar vislumbrar que coño pintaba yo aquí en esta vida. Me hice espiritual, de esas que meditan compran cuencos tibetanos y cuelgan cuadros de Buda. Lo se, hice el ridículo de cara a mi alma pero el aspecto exterior era importante para recordarme a mi misma lo que necesitaba practicar cada día.

Busqué en mi interior y me encontré con mi animal. El lobo interior. Y le di mimos y afecto hasta que dejó de aullar y empezó a calmarse y dejarme vivir. Sin embargo, no siempre lo consigo. El lobo malo sigue viviendo dentro de mi. De mis profundas entrañas. Y a veces, basta con mostrarle un trozo de comida para que se vuelva loco, se despierte y asuste a mi lobo bueno hasta que se mete en su cueva.

Quien me conoce me ha hecho la pregunta mil veces «Susana, tú que eres tan espiritual…¿cómo es que hoy se te ha ido así la pinza?» Y yo no les contesto. Me acojo a mi permiso de tener errores y de caer cada día. Mi lobo malo es un hecho. Algo que puedo adormecer pero de vez en cuando se que va a salir. A cazar. Porque es un lobo… Vive Dios que cada día caza menos. Y que mi lobo bueno es quien manda en mi morada. Aunque por veces meta la pata hasta el fondo y el lobo malo crea que otra vez le estoy llamando.

Mi lobo malo no hace daño a nadie. He de decirlo. No puede. Solo me daña a mi y a mis entrañas. Y me recuerda que el trabajo de estar bien no tiene días libres. No es como ese día de dieta que te saltas solo para sentir el chocolate en tu boca. No. Es algo que debes tener en tu conciencia a diario.

Si no das de comer al lobo malo, terminará por morirse de hambre.