— ¿Qué quieres mami?
— Que sepáis que en la vida el que manda es el corazón. Que es su impulso el que tenéis que seguir.
— Y ¿cómo lo vamos a saber?
— Porque vibrará con fuerza cuando haya una calle por la que quiera que paséis, un libro que tengáis que leer, un riesgo que tengáis que tomar… latirá a tope para que os enteréis de que, aunque la mente os meta miedo, estáis en el buen camino.
— La mente ¿mete miedo?
— Si hijo, mucho, es su lenguaje para mantenerte a salvo. Pero ella no sabe quien eres. Es solo un antivirus que salta cuando menos te lo esperas. El que manda es tu pecho. La mente es como una socorrista en tu inmensa piscina… no te creas todo lo que dice.
— Entonces ¿miente?
— Si. Miente mucho. Hará lo que sea por asustarte pero vosotros tenéis una función que cumplir. Tu sigue a tu corazón y ella se acostumbrará a quien verdaderamente manda.
— ¿Y qué función es la mía?
— No lo se cariño… eso es lo que tienes que descubrir tú. La vida te irá dando pistas.
— ¿Pistas? ¿Cuales?
— Tus dones, tus talentos, tus habilidades únicas… lo que tú más vas a disfrutar en tu vida. Esas son tus pistas para la felicidad. Así que prometedme los dos que, pase lo que pase, se enfade quien se enfade, vais a ejercitar vuestras habilidades. Hacer lo que mejor sabréis hacer. Y no esclavizaros en una oficina solo porque eso lo hace la gente.
— Pues yo amo el futbol…
— Pues adelante amor. Adelante. Es posible que mientras crezcas descubras otros dones… por el momento sigue esas pistas. Ellas te llevarán a tu tesoro. Tu felicidad.
— ¿Y si me equivoco?
— Lo harás. Y será necesario. Perderte te ayudará a encontrarte. Tú no temas. Algunas pistas a tu felicidad vendrán en forma de puñeta. Pero no pasa nada, será como cuando aprendiste a andar… te caiste miles de veces. Pero al final aprendiste.
— ¿Y si al final no soy futbolista?
— Solo prométeme una cosa, que serás lo que ames. Eres único hijo.
— ¿único…?
— Si, nacisteis únicos. Llegues a donde llegues prométete a ti mismo no convertirte en la fotocopia de nadie.
— Vale mami…